Emigrar como pareja – cuando la aventura se convierte en rutina

Una emigración no es solo una Desafío organizativo. También es emocionalmente una montaña rusa.

Ahora bien, no solo hemos experimentado esto nosotros mismos, sino que también hemos recibido confirmación de muchos otros emigrantes. Hay momentos de gran entusiasmo y euforia, luego otros de dudas, inseguridad, estrés y, a veces, incluso de miedo.

Y, por supuesto, la emigración en pareja también puede afectar la relación.

Podríamos incluso decir: hemos subestimado lo mucho.

No la cantidad de tareas en sí misma. Sabíamos que emigrar implica mucha organización.

Lo que subestimamos fue la presión nerviosa que se esconde detrás de ello.

De repente, hay que organizar dos vidas al mismo tiempo

Cuando se emigra, primero se despoja de toda su vida anterior.

Y eso es mucho más que simplemente llevar un maletín y dejar de pagar la renta.

Hay vías oficiales, cancelaciones, seguros, bancos, contratos, el auto, muebles, cosas personales y innumerables detalles que hay que hacer.

Y mientras se desmantela la vida antigua, al mismo tiempo se debe organizar la nueva vida.

Reservar vuelos.

Buscar alojamiento en su nueva casa.

Organizar un coche de alquiler.

El Contenedores planificar.

Comprar cosas que aún deben incluirse en el contenedor.

Cuidar de todo lo que se necesita en las primeras semanas en el nuevo país.

Y todo esto sucede al mismo tiempo.

En aquellos días, repetidamente pasábamos la tarde juntos revisando nuestra lista de tareas pendientes.

¿Qué podemos hacer hoy?

¿Qué más tenemos que hacer?

¿Qué no debe olvidarse en absoluto?

Y en ese momento ya no se trataba más de investigación ni de tomar decisiones. Eso ya debió haberse hecho mucho antes.

Ahora pasamos a las cosas muy concretas.

Abrir una cuenta bancaria.

Despido del auto.

Las compañías de seguros denuncian.

Terminar los contratos.

Realizar trámites ante las autoridades.

Vender muebles.

Regalar o deshacerse de cosas.

Realizar trámites.

Y al mismo tiempo, en el otro lado ya comenzaba la nueva vida.

¿Qué más necesitamos en México?

¿Qué debe estar en el contenedor?

¿Qué podemos comprar aquí más tarde?

¿Qué más tenemos que conseguir antes de que empiece?

Se sentía como si fueran cien puntos.

Y lo más loco era que nuestras listas se hacían cada vez más largas en lugar de más cortas.

Tan pronto como se completó y finalmente se borró un punto, aparecieron dos nuevos.

Me di cuenta de que aún había que cancelar una póliza de seguro, que aún teníamos que recetar medicamentos para las primeras semanas o que aún faltaba un determinado documento o que aún había que conseguir algo para el contenedor.

Era una especie de reunión diaria sobre la situación.

¿Qué está hecho?

¿Qué falta aún?

¿Qué debemos hacer de manera urgente mañana?

¿Qué puede esperar?

Cada uno tenía su propia lista.

Hemos pasado mucho tiempo juntos. La capacidad que tenemos de organizarnos bien nos ha ayudado en muchas ocasiones.

Sabemos exactamente qué fortalezas tenemos cada uno de nosotros. Hay cosas que a uno le salen más fáciles que a otros.

Así que tampoco en la emigración intentamos hacer todo juntos.

En realidad, cada uno tenía su propia lista, porque era mucho más eficiente que cada uno asumiera su propio área.

Uno se ocupó de uno, el otro de lo otro. En el transcurso del tiempo se habló de lo que ya había sido hecho, de lo que aún quedaba por hacer y de lo que había que decidir conjuntamente.

Esto nos ha ayudado.

Por supuesto, el estrés no se pudo organizar de esa manera.

Pero se pudo evitar que cien cosas abiertas se convirtieran en un solo gran caos.

Y sin embargo, había días en los que simplemente ya estábamos cansados.

Por supuesto, a nosotros también nos molestaba a veces.

Aunque tal vez no todos nos lo crean: ¡por supuesto que a veces nos pasa algo así!.

No somos una excepción y mucho menos una pareja que nunca se enfada.

Es especialmente en este periodo cuando nos sentimos más tensos y probablemente también somos mucho más sensibles que de costumbre.

Pero nunca hubo una disputa real.

No, no porque hubiéramos sido de repente especialmente relajados.

Pero porque ambos sabíamos bastante bien exactamente lo que estaba ocurriendo.

Sabíamos que este tiempo nos iba a costar mucho.

Lo que, sin embargo, habíamos subestimado fue cuánto nos pediría realmente.

Y tal vez ese conocimiento haya sido precisamente lo que ha ayudado.

Cuando uno de nosotros se sentía molestado, quedaba claro bastante rápido: No era porque el otro hubiese hecho algo malo.

Simplemente ambos estábamos al límite.

Pero no se produjo un gran conflicto.

Al final, ambos teníamos el mismo objetivo y sabíamos que esta situación excepcional terminaría algún día.

Pero en el avión aún no ha terminado mucho tiempo.

Creo que uno de los mayores errores en la emigración es la idea de que al final se ha hecho todo, se sube al avión y ya está hecho.

La antigua casa se había desintegrado.

Las últimas cosas ya estaban hechas.

El contenedor estaba en camino.

Estábamos en el avión.

Y por un momento, de hecho, se siente así:

Ahora lo hemos conseguido.

No.

No lo es.

Se cambió solo el escenario.

Después de la llegada, quizás haya unos días para respirar.

Una vez allí, uno se maravilla de la nueva situación, se siente feliz de estar finalmente allí y deja a un lado por un momento las tareas siguientes.

Pero por supuesto que todavía están ahí.

Y, por desgracia, no se solucionan por sí solas.

De repente, todo vuelve a empezar desde cero.

Solo esta vez en un país donde muchas cosas funcionan de manera diferente.

Nuevos trámites administrativos.

Nuevas cuestiones organizativas.

Un alojamiento en el que primero hay que organizarse.

Cuenta bancaria, teléfono, Internet, compras, coche y todo lo que se necesita para convertir una solución provisional en una vida cotidiana.

Y además hay algo que quizás se subestima antes:

Uno aún no ha llegado realmente a su plenitud.

La cabeza sigue estando medio atrapada en la vida anterior, mientras al mismo tiempo se intenta organizar la nueva.

Las primeras semanas Por lo tanto, no son necesariamente la gran liberación que uno se había imaginado antes de partir.

A menudo simplemente son la siguiente etapa.

Und irgendwann merkt man dann, dass man tatsächlich anfangen kann, durchzuatmen.

Nicht weil plötzlich alles erledigt ist.

Sondern weil man langsam nicht mehr das Gefühl hat, ständig hinterherzulaufen.

24/7 zusammen – für uns nichts völlig Neues

Es gibt noch einen Punkt, bei dem wir im Nachhinein glauben, dass er uns beim Auswandern ziemlich geholfen hat: Wir können gemeinsame Zeit tatsächlich genießen.

Das klingt vielleicht selbstverständlich.

Ist es aber offensichtlich nicht.

Wir haben das schon oft im Urlaub beobachtet und wurden auch von Bekannten darauf angesprochen.

Manche Paare verbringen im Alltag kaum wirklich Zeit miteinander. Beide haben ihre Arbeit, ihre Termine, ihre eigenen Freundeskreise und Routinen.

Und wenn dann plötzlich zwei oder drei Wochen Urlaub anstehen, sollen sie auf einmal rund um die Uhr miteinander auskommen.

Ausgerechnet die gemeinsame freie Zeit wird dann zur Belastungsprobe.

Wir haben das bei uns immer anders erlebt.

Urlaub war für uns nie einfach nur ein anderes Land und ein Hotel.

Wir haben gerade die gemeinsame Zeit zu zweit gesucht.

Lieber ein eigenes Haus irgendwo abseits als ein überfüllter Speisesaal.

Lieber irgendwo allein als mitten in den Massen.

Wir haben unsere Urlaube immer auch dazu genutzt, aus unserem normalen Alltag auszusteigen und einfach Zeit miteinander zu haben.

Und wir konnten diese Zeit genießen.

Auch ohne ständig etwas unternehmen zu müssen.

Vielleicht hat uns genau das beim Auswandern geholfen.

Denn plötzlich sind wir tatsächlich, mit kleinen Ausnahmen, sehr viel mehr zusammen als früher.

24 Stunden am Tag.

Wir arbeiten an denselben großen Projekten, erledigen Dinge zusammen, planen unser Haus, gehen einkaufen, sitzen morgens beim Frühstück zusammen und erleben unseren Alltag gemeinsam.

Und natürlich gibt es auch bei uns kleine Ausrutscher.

Wir sind nicht plötzlich zu zwei vollkommen entspannten Menschen geworden, nur weil wir nach Mexiko gezogen sind.

Wenn beide müde sind, gestresst sind oder einer von uns gerade mit etwas völlig anderem beschäftigt ist, kann es natürlich auch einmal knirschen.

Aber grundsätzlich ist das viele Zusammensein für uns keine Belastung.

Wir brauchen nicht ständig eine Beschäftigung, um miteinander Zeit verbringen zu können.

Und vielleicht ist genau das ein ziemlich wichtiger Unterschied.

Denn wenn plötzlich das gewohnte Leben wegfällt, fallen auch viele Ablenkungen weg.

Kein „Ich muss noch schnell ins Büro“.

Kein eigener Alltag, in den man sich für ein paar Stunden zurückziehen kann.

Und manchmal auch kein Internet, das einen einfach beschäftigt, wenn gerade nichts anderes passiert.

Dann sitzt man eben gemeinsam da.

Und wenn man diese gemeinsame Zeit grundsätzlich gerne miteinander verbringt, ist das überhaupt kein Problem.

Im Gegenteil.

Wir glauben heute, dass genau diese Fähigkeit, einfach miteinander sein zu können, uns durch viele der anstrengenden Phasen der Auswanderung geholfen hat.

Aber wir hatten nie das Gefühl, dass wir zusätzlich noch darum kämpfen mussten, miteinander klarzukommen.

Das war wahrscheinlich eines der Dinge, die wir vor der Auswanderung überhaupt nicht bewusst bedacht hatten.

Wir wussten, dass wir viel gemeinsam organisieren müssen.

Wir wussten nicht, wie wichtig es sein würde, dass wir auch dann noch gerne zusammen sind, wenn es gerade nichts zu organisieren gibt.

Am Ende haben wir hier vor allem uns

Wir haben beide schon oft darüber gesprochen, und wir sehen das tatsächlich genauso: Wenn wir nicht so eine stabile und glückliche Beziehung hätten, hätten wir diesen Schritt vielleicht gar nicht gewagt.

Denn natürlich knüpft man auch in einem neuen Land Kontakte.

Man lernt Menschen kennen, unterhält sich, trifft sich, baut sich langsam einen neuen Bekanntenkreis auf.

Das gehört dazu und ist auch wichtig.

Aber es ist etwas anderes, als die Menschen zu kennen, die einen schon seit Jahrzehnten begleiten.

Wenn es wirklich hart auf hart kommt, haben wir hier im Moment vor allem uns beide.

Und genau das macht eine stabile Beziehung beim Auswandern wahrscheinlich noch wichtiger.

Denn es gibt Situationen, in denen man nicht einfach schnell einen alten Freund anrufen oder sich mit jemandem treffen kann, der einen seit zwanzig Jahren kennt.

Die Menschen, die uns hier begegnen, kennen uns noch nicht so lange.

Sie kennen unsere Geschichte nicht.

Sie wissen nicht unbedingt, wie wir ticken, was uns beschäftigt oder wann es dem anderen gerade wirklich nicht gut geht.

Wir haben dagegen ein gemeinsames Leben, das weit über die Auswanderung hinausgeht.

Wir kennen uns.

Wir wissen, wann der andere einfach nur müde ist.

Wir wissen, wann etwas wirklich ein Problem ist und wann man es besser nicht größer machen sollte, als es ist.

Und wir wissen vor allem, dass wir am Ende gemeinsam durch diese ganze Geschichte gehen.

Aber wenn es schwierig wird, kämpfen wir nicht gegeneinander.

Wir versuchen, gemeinsam mit der Situation fertigzuwerden.

Vielleicht ist genau das einer der Gründe, warum wir diesen Schritt überhaupt gewagt haben.

Denn Auswandern bedeutet nicht nur, sein Zuhause, seine Arbeit und sein gewohntes Umfeld zurückzulassen.

Man gibt auch einen großen Teil des vertrauten Netzes auf, das einen bisher getragen hat.

Und wenn dieses Netz plötzlich weit weg ist, merkt man erst, wie wichtig es ist, jemanden an seiner Seite zu haben, auf den man sich wirklich verlassen kann.

Wir haben uns nicht ausgesucht, gemeinsam auszuwandern, weil wir dachten, dass dadurch alles leichter wird.

Wir sind diesen Weg gemeinsam gegangen, weil wir wussten, dass wir ihn gemeinsam schaffen können.

Und vielleicht ist das ein ziemlich großer Unterschied.

Por cierto: Alles rund ums Ankommen, erste Behördengänge und Notfallpläne haben wir ausführlich in unseren Listas de verificación para emigrar a México recogido.

Deje un comentario